La nueva carrera espacial eleva el riesgo del síndrome de Kessler

La nueva carrera espacial eleva el riesgo del síndrome de Kessler

El impacto de un fragmento de un antiguo cohete de SpaceX contra la Luna ha vuelto a situar en primer plano un problema creciente: la acumulación de residuos alrededor de la Tierra. El aumento de satélites, etapas de cohetes y restos de colisiones amenaza con congestionar las órbitas esenciales para las comunicaciones, la navegación y numerosos servicios cotidianos.

Un fragmento de SpaceX impacta contra la superficie lunar

El miércoles 5 de agosto, a las 08:34, hora peninsular española, un fragmento de lo que en su día fue un cohete de SpaceX chocó contra la superficie lunar. El impacto abrió un nuevo cráter y sirvió como recordatorio de una amenaza que, pese a encontrarse lejos de la vista, continúa creciendo: la basura espacial.

“Podríamos llegar a ser la primera civilización con la ‘ilusión’ de colonizar otros planetas, de saber ir al espacio y, sin embargo, quedarse atrapada en su propio planeta por haber creado una ‘corteza’ de basura a su alrededor”, advierte Alberto Águeda, experto en tráfico espacial del grupo tecnológico GMV.

Las dimensiones del problema son considerables. “Además de los 16.000 satélites que hay ahora mismo en funcionamiento, en el espacio orbitan otros 40.000 objetos de un tamaño superior a un cubo de Rubik, 1,2 millones más grandes que un terrón de azúcar y otros 130 millones más grandes que un granito de arena”, enumera Águeda.

Estos objetos incluyen satélites fuera de servicio, etapas de cohetes y fragmentos producidos por accidentes orbitales. Su número se ha incrementado de manera acelerada desde el comienzo de la carrera espacial.

El síndrome de Kessler amenaza el acceso al espacio

El escenario de posible “inaccesibilidad espacial” descrito por Águeda se conoce como síndrome de Kessler. Este fenómeno podría producirse si las órbitas cercanas a la Tierra alcanzan un nivel crítico de residuos.

La basura espacial puede desplazarse a velocidades diez veces superiores a la de una bala. Incluso un fragmento pequeño tiene capacidad para dañar gravemente un satélite o una nave.

Una reacción en cadena de colisiones

Cuando dos objetos chocan, generan nuevos restos que aumentan la posibilidad de impactos posteriores. Si este proceso se repite, podría desencadenar una reacción en cadena capaz de convertir determinadas regiones orbitales en entornos extremadamente peligrosos.

“En un escenario extremo, el espacio podría volverse inutilizable para el ser humano por generaciones”, resume José Manuel Madiedo, astrofísico e investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Una de las principales medidas para reducir el riesgo consiste en provocar la reentrada controlada de los objetos en la atmósfera terrestre, donde se desintegran por las altas temperaturas. Sin embargo, esta solución también preocupa a la comunidad científica por los posibles efectos de los materiales liberados sobre la capa de ozono.

Una regulación espacial que avanza con lentitud

El crecimiento de la actividad orbital no ha ido acompañado de una actualización normativa equivalente. Buena parte de las reglas internacionales continúa basada en el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967, adoptado cuando el número de países y empresas con capacidad espacial era muy inferior al actual.

La expansión de las constelaciones de satélites comerciales y el aumento de los lanzamientos han creado un contexto que aquella normativa difícilmente podía anticipar. La velocidad de la nueva carrera espacial supera ampliamente la evolución de los mecanismos internacionales de supervisión y control.

“A día de hoy, difícilmente funcionaría el mundo sin el espacio. Esta conciencia nos tiene que llevar a reconocer la importancia de lo que tenemos entre manos. La crisis que ocasionaría la posible inoperabilidad del espacio sería comparable a que el comercio internacional marítimo quedase obstaculizado”, afirma Efrén Díaz Díaz, abogado, doctor en Derecho y responsable del Área de Tecnología y Derecho Espacial del Bufete Mas y Calvet.

Los satélites resultan fundamentales para el posicionamiento GPS, las telecomunicaciones, la previsión meteorológica, las operaciones bancarias y la gestión de infraestructuras. “Cada uno interaccionamos prácticamente con hasta unos cien satélites al día sin darnos cuenta”, apunta Águeda.

Congestión orbital y satélites fuera de servicio

La basura espacial procede principalmente de satélites inactivos, restos de los cohetes empleados para ponerlos en órbita y fragmentos originados en choques o explosiones.

“Son, por ejemplo, satélites que ya no están activos o restos de cohetes que se utilizaron para lanzar esos satélites. También hay muchos escombros que se forman como consecuencia de colisiones. Lo bueno es que casi todos los objetos grandes (de más de diez centímetros de diámetro) están monitorizados”, explica Madiedo.

El seguimiento permite anticipar algunos encuentros peligrosos y efectuar maniobras evasivas, pero los fragmentos más pequeños son mucho más difíciles de detectar. La expansión de la actividad espacial obliga, por tanto, a mejorar la vigilancia, retirar residuos y establecer normas internacionales más estrictas.

Evitar que las órbitas terrestres se conviertan en un “cementerio” espacial será imprescindible para mantener operativos los servicios que sostienen buena parte de la economía y la vida moderna. Sin una respuesta coordinada, el síndrome de Kessler podría dejar de ser una hipótesis y convertirse en un obstáculo duradero para el acceso al espacio.

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