Entre la incertidumbre y la esperanza: cruzar el Tapón del Darién es solo el comienzo

Gustavo Bejarano, su esposa y sus tres hijos forman parte de la población migrante venezolana que salió de su país por el colapso de la situación social y económica. “De ahí empezamos por los niños. Quiero ver a mis hijos estudiar y acostarse con tres comidas al día. Eso no lo tenemos ahora”, dice Gustavo.

Luego de un mes de viaje desde Venezuela, y a los pocos días de cruzar el Tapón del Darién, Gustavo y su familia arribaron a San José, Costa Rica, debiendo recurrir a la buena voluntad de los lugareños quienes les brindaron el dinero suficiente para que pudieran continuar. después de haber sido despojados en el Tapón del Darién de los pocos recursos que tenían.

Volver a Venezuela no es una opción para Gustavo. “Allá no tenemos nada, no tenemos a nadie. La única persona que tenía era mi hermano, pero lo mataron por no pagar una demanda de extorsión”.

Después de arriesgar sus vidas para cruzar el Tapón del Darién, es difícil imaginar que alguien quiera regresar, pero Alejandra Mejías dice que tienen que hacerlo. La venezolana de 28 años salió de Colombia, donde vivió durante cuatro años, con su hijo menor y su pareja colombiana, para buscar un mejor trabajo en Estados Unidos y comprar una casa.

Después de viajar por el Tapón del Darién, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y llegar a Trojes, Honduras, Alejandra recibió la noticia de que podría perder la custodia de dos de sus hijos que se encontraban en Medellín, Colombia, al cuidado de una amiga. Sin poder comprar un boleto de avión, esta joven madre espera desesperadamente regresar para no perder a sus hijos.

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